domingo, 18 de mayo de 2014

La mayor parte de mi vida (12/08/2013)

Casi siempre al escuchar esa canción, la de triste melodía, daba constantes viajes hacia mi infancia, de cómo llegué a casa y cómo me acogieron aquí. Son dos las personas de las que suelo hablarles siempre. Dicen que cuando hablas de una persona todo el tiempo es porque probablemente estés enamorado de ella, y eso me pasó en aquel momento, sin darme cuenta, sin un visible o notorio uso de razón con aquella edad, me enamoré de aquellas dos personas. Mi vida se vio envuelta y protagonizada por sus vidas junto a la mía. Enamorarse no sólo implica el deseo de mantener una relación amorosa con alguien de otro sexo, o tal vez del mismo. Enamorarse es de seres sublimes, con sentimientos marcados por la seguridad de sentirse seguros con las personas que aman. Mi padre y mi abuela, aquellos seres de los cuales me enamoré en tan sólo un instante, y muchos momentos de amor expresados en acciones y situaciones cotidianas… Pero hoy escribiré sobre el inmenso amor que siento cada vez que hablo de mi madre, mi abuela Yolanda, mi mamita. 

La historia de mi vida es un tanto confusa y muchos la conocen, muchos han logrado comprender la extraña forma con la cual el destino, Dios o lo que me haya traído a Carmen de la Legua, a la vida de tantas personas que amo, quiero y estimo demasiado, me haya puesto a su lado, a ser cómplice de cada travesura, disgusto y risas compartidas junto a ella. Mi madre, mi abuela, falleció el viernes por la madrugada, todos veíamos venir esto, pero siempre creímos que no sería tan pronto. Esto que sentimos en casa es inexplicable y sé que quienes han perdido a alguien al leer esto dirán que no lo es porque es lógico sentirse mal o triste. A lo que yo responderé, es inexplicable porque siempre se dice que a todos nos tocará irnos en algún momento y sin embargo sentimos miedo al saber que podríamos irnos en cualquier minuto, o lloramos cuando sabemos que alguien muy querido se irá muy pronto. En lo personal, lloré mucho al saber que una enfermedad incurable mataría a una de las personas de las cuales me enamoré desde pequeña, y lloré aun más porque también sufría al no poder comprender absolutamente nada, al sentir que todo esto era una mierda más inexplicable en mi vida, una desgracia más para mi corazón, mi familia y la vida que pude no imaginar a los cuatro años. 

No es necesario decir que me siento fatal, que cada vez que quiero llorar me invaden pensamientos como los de tener que ser fuerte, seguir adelante y pensar que esto es algo por lo que todos pasaremos algún día, que mi madre está en un lugar mejor, sin sufrimiento y que mi familia ha mitigado un gran dolor con todo esto. Mas es necesario decirles que no crean que soy una persona fría, que no puede demostrar sentimientos. Ciertas veces las personas confunden la fortaleza con la frialdad, y créanme, soy una mujer tan sentimental como muchas, tan llorona como casi todas y tan cursi como algunas. En este caso me es difícil llorar, salvo cuando estoy sola o al recibir un abrazo de las personas que más me han apoyado en toda esta etapa. Llorar no es la solución, lo tengo muy claro, pero qué hacer con estos recuerdos aglomerados en fotografías, en anécdotas, en canciones junto a ella… en su voz grabada en mi memoria, las mañanas de antaño y las mañanas de ayer, los juegos en la cama, la inocencia de sus historias, las lisuras mal dichas, y sus cómplices miradas y sonrisas. Son las tres de la mañana y recuerdo la fatal noticia del viernes, estoy escribiendo y ella no me escucha en tierra, no sé si escucha mi voz interna clamando su presencia, su vida. 

Agradezco a todos por su apoyo, a mis vecinos, a los amigos del Hospital San José del Callao, a la asociación Torre Fuerte, a mis mejores amigos de la universidad, a mis amigos y amigas que ella pudo conocer y llegar a querer, a la familia lejana, a los sobrinos que por tanto tiempo fueron apoyados por mi abuela, a mis primos, a todos por mantenernos unidos en esta dolorosa situación. 

Sólo les pido su apoyo, sus abrazos y sus buenos deseos siempre. Puedo estar bien más tarde por la mañana y puedo no estar aquí como muchas veces. Y a los que conocieron a mi madre, recuérdenla, no la olviden porque sólo muere quien es olvidado y mi familia y yo jamás podremos olvidarla. 

Evelyn Zurita

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